ÉSTE ES NUESTRO ESCENARIO.EL PARADERO.

Ha pasado casi todo el otoño desde que lo conocí. Apareció de repente, todo despeinado y terminando de comerse un pan. Intentó preguntarme algo que ni siquiera él comprendió. Lo miré desconcertada y empezó a ponerse rojo.
A mí me dio mucha risa, pero a él no tanta. Cuando logró tragar, pude oir su voz y su disculpa.
Desde entonces nos vemos casi todos los días y la conversación ritual nos ha entibiado más de una mañana. Las palabras tienen en él un inusual ritmo de mar: se mecen, se exaltan, pero siempre sobre un fondo de serenidad. Serenidad que diluye mi timidez...y me embriaga.
Ha llegado de tal manera a formar parte de mi paisaje que las veces en que no llega, me quedo todo el día con una melancolía parecida a la que siento al ver un teatro vacío.
Ronda mi cabeza la palabra enamoramiento, pero la siento dos tallas más grande que mi sentimiento. A veces quisiera recuperar la claridad de mis cinco años, cuando no tenía la más mínima duda respecto de quién era el niño con quien quería casarme en cada recreo.
Ahora es distinto. El amor se me viene con pasos lentos. Así es que, en rigor, sólo me gusta encontrarme con él cada mañana, cuando se me instala la sonrisa con sospechosa facilidad.
Me atrevería a decir que a él también le brillan los ojos y una que otra vez sentí el temblor de su mano al despedirse. Nos dimos los teléfonos, pero nunca me ha llamado.
Hace dos día que no lo veo y me muero por llamarlo. Pero no me decido. Y caigo en el más puro estilo hamletiano: ¿llamar o no llamar?
Si estuviera interesado en mí, me habría llamado hace rato. Quizás le agrade encontrarse conmigo, pero no le intrigo mayormente. No quiere detenerse en mí.
Pero me queda la duda.
¿Y si yo lo llamara? ¿Cuántos amigos míos se sienten cansados de que sean los hombres los que tomen la iniciativa? De acuerdo, lo voy a llamar.
No. Me asusta que me rechace. ¿Y si a él le pasa lo mismo? Si yo diera el primer paso se democratizaría la situación, repartiendo por igual el susto. Ya no sería sólo él quien corre el riesgo.
No sé. ¿Y si está sumido en los desagradables pormenores de una gripe? Escuchar mi voz lo haría saltar de la cama tal vez. Pero puede ser que lo esté cuidando su polola.
Mejor espero. Mi situación no es desesperada. Sólo lo echo de menos. Prefiero no adelantarme.
"Tenga paciencia y fe, hija mía, que Dios sabe por qué hace las cosas", me recomienda mi abuela. Su idea no me convence, pero le voy a hacer caso. Aunque no creo que sea pecado darle un empujoncito al destino.

(Publicado originalmente el 9 de mayo 1995)

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