SONIA MARÍA ZÚÑIGA ZÚÑIGA

-Es su may mader, señorita Nathalie-

Ah, María. Nunca dejas de sorprenderme. ¿Dónde habrás escuchado la expresión? Debió parecerte elegante, y ahora la usas cada vez que mi madre me llama por teléfono.
No me atrevo a corregirte. ¿Cómo podría? Es tanto lo que has puesto en juego al incorporar esta frase a tu vocabulario que temo herirte en tus afanes.
No, no hay necesidad. A nadie hieres con tus ocurrencias. Además, ya haces bastante con preocuparte de ser cada vez más cuidadosa de tu apariencia, de tus modales y tus palabras. Lo que en muchos de nosotros se da de un modo natural en el entorno privilegiado del colegio y el hogar, en ti adquiere matices titánicos; y ante eso, me inclino.
Eres silenciosa y peligrosa como corriente subterránea. Conoces lo que es sufrir y defenderte. En dos ocasiones te he visto convertida en marejada. Una, cuando un vecino de tu población tuvo la mala ocurrencia de tirarle los perros a uno de tus hijos. La otra,cuando tu conviviente te vino a buscar para pegarte.
Recuerdo que sentí terror. Comenzaste a recogerte lentamente hasta levantarte convertida en un tsunami dispuesta a arrasar con todo. De tu boca brotaban escupitajos desconocidos. Eras puro oleaje encabritado. Eras tormenta desatada. La casa entera se inundó con tus roncos gritos. En realidad, no gritabas: ladrabas con una furia que provenía desde lo más profundo de tus aguas.
Ahora estás preparando una cazuela. Parece mentira verte tan tranquila pelando las verduras mientras canturreas una canción de Myriam Hernández: "El hombre que yo amo, sabe que lo amo, Me toma en sus brazos y lo olvido todo..."
¿Será posible? Sí, es posible. Odias y amas con la misma intensidad. La única diferencia es que tus odios son escasos mientras que tus amores, múltiples. Nunca te faltan ofertas de cariño, a pesar de tus años y kilos de más. O quizás sea precisamente por ello. En realidad no hay que mirarte mucho para adivinar la sabrosura de las noches en tu compañía. -Ya tendré tiempo de arrepentirme, cuando sea más vieja- me dices con picardía.
Sí, tienes amor de sobra para dar y regalar. Tus hijos, tus amantes y quienes te conocemos lo sabemos sin ninguna duda.
-¿Y mi niña no se va a terminar el caldo?
-No María, no quiero más.
-¡Pero si comió como pajarito! ¿No ve que después le van a faltar las fuerzas para estudiar? Ya pues, hágale empeño. Acuérdese que para que le siga discurriendo el cerebro tiene que estar sanita. Y si no me cree, míreme a mí: 47 años y como tuna.

(Publicado originalmente el 1 de agosto 1995)

Comentarios