EL FOTÓGRAFO DE LA PLAZA

Don Domingo es algo desaliñado. Reposado, meditabundo y subido de peso. No es que sea rebosante de carnes, pero sí es un poquito gordo. Y no producto de la gula, sino que tiene ese tipo de gordura -mejor dicho, de grosor- que se aloja con el paso de los años y que va recubriendo poco a poco la fragilidad y el nerviosismo de la juventud. Así le pasó a él. Cada vez más firme, su cuerpo llegó a tener la contextura de un gran oso.
Se hace el tonto que es un gusto. Todo lo mira y lo evalúa, y como que no quiere la cosa, se inclina solemnemente sobre su cámara con tres patas, esconde la cabeza bajo el manto negro y una vez dentro, donde nadie lo ve, se mata de la risa.
Y no es para menos. ¿Qué no han visto sus ojos? Toda la fauna humana ha desfilado ante ellos. Lo absurdo y contradictorio de la existencia le han dado las mejores poses. Ha sorprendido a la vida tejiendo, con igual entusiasmo, los hechos más ridículos y también los más sublimes. Ah, la vida...ésa que don Domingo llama cariñosamente La Vieja Loca Suelta de Cascos.
Yo creo que don Domingo está enamorado de ella, pero como le da vergüenza admitirlo, prefiere hacerse el leso y no pedirle ni reclamarle nada. Simplemente se limita a llegar todos los días puntualmente a la plaza e instalarse, en el mismo lugar, a esperar a la que tarde o temprano, escandalosa o sutilmente, siempre llega. Ahora, cómo llegue, depende del estado de ánimo con que ande ese día: unas veces vendrá a verlo como un viento frío, con el alma convertida en navaja. En otra ocasión andará eufórica y se vendrá revoloteando con las palomas. Con la Vida, nunca se sabe.
En todo caso, él, imperturbable y fiel amante, se estará quieto. Como sabe que no puede entenderla, le queda la certeza de amarla. Y eso no le requiere ningún esfuerzo. Así es que, habiendo dispuesto en buen lugar el caballito de aserrín, se acomodará en un banco donde le llegue un rayo de sol y leerá el diario como si nada.
Me atrevo a interrumpirlo.
-¿Cómo ha estado, don Domingo?
Se demora en responderme. Y entonces me doy cuenta de que, en realidad, a él es imposible interrumpirlo. Me recibe como si me hubiera estado esperando. Levanta lentamente la cabeza y sonríe.
-Aquí...tranquilo el perro.

(Publicado originalmente el 13 de junio 1995)

Comentarios

Entradas populares